¡No te cueles!

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Me divierten las colas del supermercado. No es que me gusten las colas ni mucho menos y tampoco estoy acostumbrada a hacer grandes colas como lo está cualquier persona que viva en una gran ciudad. Muchas veces, en nuestros viajes a Madrid, planeamos un montón de actividades  y visitas sin darnos cuenta de que se trata de Madrid, la ciudad de las colas, y perdemos la mitad del día en ellas. Vayas donde vayas te encuentras colas interminables. Para comprar el pan, para sacar unas entradas, para entrar a un museo, para el baño… Yo he llegado a creer que la gente hace cola para pasar el rato.

– ¡Hola Señora! ¿A qué se dedica?

– Yo hago colas

– ¿Y toda esta cola para qué es?
– No sé. Yo he visto gente y me he puesto aquí.
– ¿Cuánto tiempo quedará de cola?
– ¡Va, nada! Unas tres horitas más o menos.
– ¿Cuánta cola has hecho tú?
– Tres horas
– ¡Va! ¡Eso no es nada! Yo cuatro…
Sin embargo, eso es inconcebible para alguien de León donde esas cosas no pasan todos los días. Sólo cuando hay algún evento extraordinario. Eso sí, rápidamente nos quejamos si estamos más de siete minutos en la caja de un supermercado. Es cuando la gente se enfada, se cabrea, le sale humo por las orejas, se pone roja y los pelos de punta. Yo sin embargo, me divierto mucho. Ya que enfadándome no voy a arreglar nada, ni voy a conseguir que a la  cajera le salgan ocho brazos como a los pulpos para tardar menos. Me relajo e intento observar a mi alrededor. Entonces me entero que el hijo de la señora que tengo delante se ha quedado en paro y está muy disgustada por cómo se lo cuenta a la que tiene al lado que responde con un ¡Cómo está el patio! sin respirar entre medias para quejarse de lo lenta que es la cajera. Al chico de detrás le llamaron el otro día de no sé qué compañía de teléfonos para ofrecerle una tarifa mucho más barata. El señor de la caja de al lado tiene mucha prisa porque tiene que ir a recoger a su nieto al cole ya que su hijo trabaja en una importante empresa y ha tenido que irse hoy de viaje de negocios a Madrid. Y yo pienso: ¡pues anda que no tendrá que hacer allí colas!

Entonces me doy cuenta de que hoy en día, la gente y la sociedad en general, somos muy impacientes. Lo queremos todo ya y no nos conformamos con cualquier cosa. También, reparo en que todo el mundo tiene problemas y que sus vidas no son siempre maravillosas. Todos tiran para adelante como pueden. Unos con resignación y otros quejándose. Pero siempre encuentro alguna persona callada, pensando en sus cosas que me mira y sonríe. Y yo pienso: ¡Mira, ahí está! Seguro que tiene un montón de preocupaciones pero tiene una sonrisa para regalar a los demás.

Por eso digo yo, que no viene mal, de vez en cuando, toparse con alguna cola para pararse a pensar y sonreír un poco, que falta nos hace en esta ajetreada vida.

¡A bailar!
     Silvia

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